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Saturday, June 14th, 2003

Time:12:42 am.
Llevo aƱos buscando los malditos colores
Esos colores que te alegran la vida
con ellos abres los ojos y te gustas lo agrio
Pero yo aqui viendo solo
los gris
Viendo solo esa pared
Maldito conformismo
Yo conformista?
Aveces si, aveces no
Me arrepiento
Ya no quiero ver negro, no blanco y menos gris
Cristalitos rotos en mis ojos duelen mucho
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Wednesday, March 19th, 2003

Time:11:03 am.
Mood: awake.
Dia de los cuentos, encontre cosas entretenidas,

La noche de los feos

Mario Benedetti

1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un p?mulo hundido. Desde los ocho a?os, cuando le hicieron la operaci?n. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificaci?n por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ning?n modo. Tanto los de ella como los m?os son ojos de resentimiento, que s?lo reflejan la poca o ninguna resignaci?n con que enfrentamos nuestro infortunio. Quiz? eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra m?s apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. All? fue donde por primera vez nos examinamos sin simpat?a pero con oscura solidaridad; all? fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero adem?s eran aut?nticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- ten?an a alguien. S?lo ella y yo ten?amos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorr? la hendidura de su p?mulo con la garant?a de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonroj?. Me gust? que fuera dura, que devolviera mi inspecci?n con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no pod?a mirarme, pero yo, aun en la penumbra, pod?a distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo h?roe y la suave hero?na. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversi?n la reservo para mi rostro y a veces para Dios. Tambi?n para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quiz? deber?a sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo as? como espejos. A veces me pregunto qu? suerte habr?a corrido el mito si Narciso hubiera tenido un p?mulo hundido, o el ?cido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esper? a la salida. Camin? unos metros junto a ella, y luego le habl?. Cuando se detuvo y me mir?, tuve la impresi?n de que vacilaba. La invit? a que charl?ramos un rato en un caf? o una confiter?a. De pronto acept?.

La confiter?a estaba llena, pero en ese momento se desocup? una mesa. A medida que pas?bamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las se?as, los gestos de asombro. Mis antenas est?n particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente sim?trico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuici?n, ya que mis o?dos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su inter?s; pero dos fealdades juntas constituyen en s? mismas un espect?culos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compa??a, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso tambi?n me gust?) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"?Qu? est? pensando?", pregunt?.

Ella guard? el espejo y sonri?. El pozo de la mejilla cambi? de forma.

"Un lugar com?n", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos caf?s para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo est?bamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocres?a. Decid? tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ?verdad?"

"S?", dijo, todav?a mir?ndome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que est? a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente est?pida."

"S?."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo tambi?n quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ?sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"?Algo c?mo qu??"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Ll?mele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunci? el ce?o. No quer?a concebir esperanzas.

"Prom?tame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche ?ntegra. En lo oscuro total. ?Me entiende?"

"No."

"?Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ?no lo sab?a?"

Se sonroj?, y la hendidura de la mejilla se volvi? s?bitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levant? la cabeza y ahora s? me mir? pregunt?ndome, averiguando sobre m?, tratando desesperadamente de llegar a un diagn?stico.

"Vamos", dijo.


2

No s?lo apagu? la luz sino que adem?s corr? la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiraci?n afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no ve?a nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inm?vil, a la espera. Estir? cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmiti? una versi?n estimulante, poderosa. As? vi su vientre, su sexo. Sus manos tambi?n me vieron.

En ese instante comprend? que deb?a arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo hab?a fabricado. O intentado fabricar. Fue como un rel?mpago. No ?ramos eso. No ?ramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendi? lentamente hasta su rostro, encontr? el surco de horror, y empez? una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus l?grimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano tambi?n lleg? a mi cara, y pas? y repas? el costur?n y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levant? y descorr? la cortina doble.
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Friday, March 14th, 2003

Time:11:34 pm.
Dias y noches, semanas
llevo esperando
casi muerta estaba
No tenia nada que comer
Pelo era lo que me quedaba
Esto era lo unico que degustaba
Ya estoy nuevamente viva
Se termino el pelo ahora tengo
piellllllllllllllllllll
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